viernes, 20 de julio de 2018

Cedeira.

Salgo de la ensenada de Ortigueira sin problemas. He bajado despacio, tratando de asimilar la belleza y soledad de este entorno. Pienso en las Rías Altas y lo injustamente desconocidas que son. La poca garantía de buen tiempo las preservará de las garras del turismo invasivo y despersonalizante. El turismo es una fuente de recursos engañosa. Aparentemente beneficia-sobre todo a la hostelería-,pero a medio y largo plazo se vuelve contra los lugareños que encuentran, al poco tiempo, que todo es mas caro y sobre todo la vivienda en aquellos lugares de turismo masivo.

Aquí todavía te encuentras a gente que aspira legítimamente  a disponer de mayores recursos y a visitantes que huyen del calor y del mundanal ruido para comerse una buena ración de puntillas por 10 euros.
En Ortigueira me ha resultado especialmente barata mi visita al mercado. Las cosas de comer son baratas- sobre todo la carne de cerdo- y el pequeño mercadillo que se montó el jueves estaba lleno de cosas interesantes a muy buen precio. El holandés sabe muy bien lo que se hace.

No hay mucho viento a pesar de encontrarme en Cabo Ortegal. Atrás, por la aleta babor queda Cariño con mis buenos recuerdos. Pongo el motor.
Hacia eso de las 15:00 llego a Cederia. Allí vive Maria con su holandés errante Peter que me han invitado a cenar en su casa.
Fondeo en el medio de la bahía, junto con otros barcos de diversas nacionalidades.
Aquí estuve hace un par de años a la vuelta de Sada, con Fernando y su Macroll. Es un lugar protegido que merece la pena visitar.
Me pongo en contacto con Jesus, que vive en Sada, por si quiere venir ha hacer la etapa de Sada. Quiere.





El Cabo Ortegal y el trazado que hice hasta Cedeira. Faltó el viento pero el día fue esplendido.








La bahía de Cederia donde fondeo.


El Ausart, tranquilo, levantando imagen.


Maria y Peter que amablemente me invitaron a cenar, desde su terraza.
Vista de la bahía de Cedeira desde la terraza.

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