miércoles, 18 de julio de 2018

Vicedo-Ortigeira.

Por indicación de mi amigo Fernando, decido establecer como destino la ensenada de Ortigeira, o de Santa Marta, como también se le llama. Es un lugar apetecible pero que siempre he descartado visitar por su evidente falta de calado. Fernando insiste en que con marea alta se puede acceder siempre que la mar esté en buenas condiciones. Me convence.
Salgo de Vicedo después de desayunar y de haber contemplado un bello espectáculo de pescadores que pescan a la cacea, por toda la bahía, en motoras que van a una velocidad no menor de 6 nudos.
Que pescan?. No estoy seguro, no se si son lubinas, chicharros o berdeles, pero pescan mucho y muy rápido.
Tengo 25 millas hasta Cariño y el suave viento del NE me permite disfrutar del maravilloso paisaje de la Ría  en el que llama la atención el pueblito de Bares con su fondeadero y el cabo de la Estaca de Bares. Hoy todo está tranquilo y el Ausart navega contento hacía Cariño. Allí esperaré a la marea para entrar en la Ensenada de Ortigeira.



Los imponentes farallones del Cabo Ortegal.


Fondeo en el interior del puerto y espero a la marea comiendo y observando como han cambiado las cosas desde que aquí estuve por última vez en el año 1.986. En aquella ocasión las cosas fueron mas complicadas. Tanto que entramos prácticamente a ciegas con una niebla que se podía cortar, navegando por estima. No guardo buen recuerdo de aquello. Fue algo mejor la anterior vez que estuve en el año 1984. Año, en que tras la vuelta de Ibiza recalamos aquí Santa, Beti y Txompe, amigos que me acompañaron en el viaje y que por circunstancias de la vida, ya han dejado este mundo. 



En el puerto de Cariño, de donde salir del fondeo me costo un buen trabajo. El ancla enganchada en una cadena trasversal no se desenganchó hasta que, tirándome al agua pude pasar un cabo por debajo de esta. Amarré el cabo a la cornamuza de proa y luego dí a largar al molinete. El ancla se soltó suavemente y el Ausart quedó liberado en cuanto largué el cabo que sostenía a la cadena. El agua estaba muy fría, pero me sentí orgulloso de haberlo logrado sin ayuda exterior.



Nos sentíamos contentos porque ya estábamos "en casa", en el Cantábrico después de la dura subida de Portugal. Lo celebramos con los marineros del barco de bajura al que nos abarloamos.
No podré olvidar la reparación de la bomba de agua que me hizo un herrero que sustituyó los estropeados rodamientos por unos casquillos de bronce que, para salir del pasó, preparó. Tengo que decir en su honor que la bomba funcionó perfectamente hasta que cambié de motor al North Wind. El viejo era un Ditter, el nuevo un Yanmar de 40HP.



Cariño, al fondo. Me dirijo hacía la Isla San Vicente, a la que hay que pegarse para entrar a la Ensenada de Ortigeira.




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